Cuando llegamos a La Busta (así se llamaba la otra casa rural) nos
encontramos con un salón-comedor muy concurrido, muchas pequeñas mesas,
cubiertas con manteles blancos, estaban, en su mayoría, ocupadas por parejas de
jóvenes enamorados ¡cuánto me he acordado de Anthony!
Como hacía tanto frío, agradecimos que nos
sirvieran un café calentito con tostadas y bollería.
Viendo aquella animación de gente, Máriel y
yo nos hicimos la misma pregunta ¿se puede saber dónde están alojados?
Lo decíamos porque, la noche anterior, al
regresar a La Casona , no logramos ver a nadie, es más, antes de entrar en nuestra
habitación, fui recorriendo todas las que había a los lados del pasillo para
volver a ver y recordar los nombres de tantos duendes y hadas: El Musgosu, Las
Brujas, El Trastolillo, Los Caballucos del Diablo, La Anjana , La Sirenuca , El Trenti
y otros muchos más que no recuerdo.
Para mi sorpresa, allí seguía reinando el
más absoluto silencio, estaba convencida de que, junto con los duendes,
nosotras éramos los únicos habitantes de aquél extraño lugar.
Acabado el desayuno, decidimos pasar el día
en Santander.
La tarde anterior habíamos estado en
Santillana del Mar pero, como anochece tan pronto, poco pudimos ver.
Lo que yo deseaba era ver el mar ¿cómo me
iba a marchar sin dar un paseo por el puerto?
También quería ir al Barrio Pesquero, años
atrás había estado con Anthony y me traía buenos recuerdos. Tampoco podía
olvidar una noche que estuvimos cenando en el Restaurante La Sardina , su forma de barco y la decoración
relacionada con la pesca, eran el complemento de una velada de enamorados.
Preguntamos dónde quedaba y nos dijeron que
justo estaba en dirección contraria a la que íbamos y bastante alejado.
Nos aconsejaron que siguiéramos la misma
ruta que llevábamos y que pronto nos encontraríamos con Los jardines de Pereda,
Puerto Chico y el mar.
No tardando, a los lejos vimos un largo
paseo con árboles que todavía mantenían sus hojas con color otoñal, lo más
seguro es que fuesen de hoja perenne.
Pero al ver unos árboles completamente
desnudos, me han recordado el declinar de la vida y volvieron a mi memoria
recuerdos que no hacían más que entristecerme. No supe que tipo de árboles eran
¡lástima no estuviese Karras por allí! Él, tan amante de la
Naturaleza ,
seguro que lo sabría.
En pleno centro del jardín, se alza el monumento
a Pereda, está muy cerca del Paseo Marítimo.
Es curioso, arriba, coronando el monumento,
se ve la estatua del escritor y, a su alrededor, hechas en bronce, se pueden
ver cinco de sus novelas más conocidas: Peñas Arriba, Sotileza, La Leva , El sabor de la tierruca y La Puchera.
Otra de las cosas que nos ha llamado la
atención, son las figuras de cuatro niños, hechas en bronce y que están muy
cerquita del puerto deportivo: Es el monumento a los Raqueros.
Eran niños pobres, de familias muy humildes,
pero no rateros, se tiraban al mar para recoger las monedas que los turistas
tiraban al agua a finales del siglo XIX,
el ver como se lanzaban esos niños, se convirtió en todo un espectáculo que
duró hasta principios del siglo XX.
Como ya anochecía, nos fuimos de tiendas
para comprar algún regalito que llevar.
Al día siguiente, dijimos adiós a las
misteriosas casonas.
De regreso a casa, justo al acabar el pueblo
de Golbardo, hay un puente muy estrecho sobre el río Saja. Le dije a mi hija
que detuviese el coche antes de entrar en el puente, salí y disfruté de la
vista:
Atrás dejábamos los verdes prados y bellos
paisajes.
Me estoy dando cuenta que esta carta se está
prolongando demasiado y, de esta vez, si que quiero mandarte la receta de ese
bacalao que tanto le gustaba a papá.
BACALAO CON LECHE:
Ingredientes: Bacalao desalado y troceado, patatas (el número dependerá de los asistentes a la comida) una cebolla, aceite, harina, pimienta, perejil, leche y un poquito de maicena.
Preparación:
1- El bacalao se desalará, si es grueso, durante 48 horas, manteniéndolo
con agua en el frigorífico y cambiándola tres veces. Pasado el tiempo, sacar y
escurrir.
2- Poner en un puchero agua a calentar con una rama de perejil, cuando
hierva, echar los trozos de bacalao y dejar dos o tres minutos cociendo.
Sacarlos y colocarlos en una fuente sobre un papel absorbente.
3- Rebozar cada trozo en harina y freírlo en una sartén con un buen aceite de oliva. Reservar.
4- Al aceite sobrante (colarlo si hiciese falta) se añadirá un poco más y
en él se sofreirá una cebolla cortada muy menuda, no debe tomar mucho color.
5- Cuando está en su punto la cebolla, se pasa, junto con el aceite, a un
vaso de la batidora, se riega con agua de haber cocido el bacalao y se tritura
todo. Reservar,
6- Pelar y cortar las patatas en rodajas no demasiado gruesas, freírlas en
una sartén con abundante aceite, no necesitan hacerse totalmente. Retirar y
reservar.
7-
Montar la fuente (si es que lo vamos a hacer en el horno) o la cazuela
si lo hacemos sobre el fuego. Se pone una capa de patatas en el fondo, se
cubren con trozos de bacalao, se espolvorea todo con perejil picadito, pimienta
y un poquitín de maicena (disuelta en un poco del agua donde coció el bacalao)
volver a repetir las capas hasta que el bacalao y patatas se hayan acabado.
Volver a espolvorear con perejil, pimienta etc.
8- Cubrir con leche caliente y la cebolla triturada con el agua de haber
cocido el bacalao, que teníamos reservada.
9- Ponerlo a fuego suave. En mi caso, como era mucha cantidad, tuve que
ponerlo en una fuente grande y meterlo al horno a 190 grados.
10-Si quedase demasiado seco, se puede ir
añadiendo leche y agua de la cocción del bacalao a partes iguales. Rectificar
el punto de sal, por si hiciese falta.
11-Cuando las patatas estén tiernas, retirar y
servir.
Es un plato tan rico
y original, que nadie debería pasar sin probarlo.
Madre, por esta
semana, ya tienes materia para leer, ya pensaré lo que te cuento en la próxima.
Como despedida, te
dejo un fuerte abrazo con el cariño de tu hija.